El repertorio mariano medieval y Valencia

Maricarmen Gómez Muntané

En Europa occidental el siglo XIII fue, por así decir, mariano. Los indicios aparecen por doquier, algunos tan significativos como la catedral de Notre Dame de París, que inaugura en arquitectura el arte gótico -su altar fue consagrado en 1182-, o las Cantigas de Santa María, obra cumbre de la lírica trovadoresca. Las órdenes mendicantes tuvieron mucho que ver al respecto con su exaltación de la figura de María, dando lugar a un importante incremento de las creencias entorno a sus intervenciones milagrosas y por ende a su papel de mediadora. 

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Bartolomé Bermejo, Mare de Déu de la Llet (1468). Museu de Belles Arts de Valencia

Nada tiene, pues, de particular el hecho de que los dos monarcas españoles más notables de la época, Jaime I el Conquistador (1213-76) y su yerno Alfonso X (1252-84), fuesen fervientes devotos de la Virgen. Cuentan las crónicas que las tropas de Jaime I, rey de Aragón, entraban en batalla al grito de “Sancta Maria”, gracias a cuya ayuda el monarca creía haber conquistado los reinos de Mallorca y Valencia a los moros. En justo agradecimiento, don Jaime dedicó a la Virgen las mezquitas transformadas en iglesia de las ciudades de Mallorca, Valencia y Murcia -“per a honrar lo nom de la Mare de Déu”-, no olvidando nunca portar su imagen en las entradas triunfales. Cuando en Valencia se tomó la decisión de reemplazar la mezquita que hacía las veces de catedral por un edificio gótico de nueva planta, el papa Alejandro IV (1254-61) ratificó la voluntad del rey, concediendo un privilegio que otorgaba cuarenta días de indulgencia a todo aquel que visitase la iglesia erigida en honor de la Virgen en sus cuatro fiestas y su octava. 

Fue en tiempos de Jaime I, o acaso en el de sus inmediatos sucesores, cuando se inició la costumbre de representar un drama litúrgico referido a la Asunción de María en un pequeño cenobio de monjes agustinos próximo a la ciudad de Vic: Santa María del Estany. Copiado en un procesionario que guarda en la actualidad el Archivo capitular osonense (Ms 118), su representación tenía lugar justo antes de la Misa del día de la Asunción. Daba comienzo con una procesión en el minúsculo claustro del monasterio, en el curso de la cual se cantaban cuatro responsorios: Candida virginitas, Pulchra es, o Maria, Stella maris fulget y O gloriosa Domina. A continuación, y ya dentro de la iglesia, tenía lugar la representación propiamente dicha, que no era sino una adaptación de otra del día de Pascua, la célebre Visitatio sepulchri. El Aleluya Gaudent sancti ponía fin a la obrita, que enlazaba directamente con el introito de la Misa.

No consta por cuánto tiempo se estuvo representando este drama, único en su género, ni tampoco si fue representado en otras localidades del reino catalano-aragonés, pero el caso es que en el año 1388 se sabe que tuvo lugar la representación de un drama de la Asunción en Tarragona y en 1416 de otro similar en Valencia, los cuales se conservan parcialmente. Escritos en lengua catalana, en su aspecto musical lo más llamativo de ambas piezas dramáticas es el uso sistemático de melodías sacras y profanas adaptadas a unos versos de tono popular. Entre las melodías que se utilizan destaca aquella que corresponde a una de las canciones de mayor impacto de todo el repertorio trovadoresco, Can vey la lauseta mover de Bernart de Ventadorm, fallecido hacía al menos dos siglos cuando su canción sonó en Valencia con la letra de Senyora, tot vostre voler.

Si la filiación entre el drama del Estany y los de Tarragona y Valencia es indirecta, el último y más importante de los dramas asuncionistas medievales, el Misteri d’Elx, guarda clara relación con el de Valencia. No anterior a fines del primer tercio del siglo XV, el drama ilicitano ha sobrevivido hasta nuestros días gracias a su capacidad de adaptación y al empeño de un pueblo que, seguramente sin saberlo, se sigue haciendo eco de la tradición mariana impulsada en tierras de Valencia por iniciativa del rey Jaime I. 

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Capella de Ministrers, Llibre Vermell (2002)

La muestra más importante del tipo de cancioncillas marianas que empezaron a circular por el reino de Aragón, y muy en particular en Cataluña y Valencia, de la mano de la orden franciscana son aquellas que incluye el Llibre Vermell de Montserrat. Se trata de un manuscrito misceláneo copiado a fines del siglo XIV, entre cuyos materiales figura una colección de diez canciones dedicadas a la Virgen, más de la mitad de las cuales son muy anteriores a su copia en el manuscrito. Figuran entre ellas algunas piezas que reclaman la participación de los fieles que acudían en peregrinación al santuario montserratino, como por ejemplo las danzas cantadas Cuncti simus concanentes y Polorum regina. Composiciones como Ad mortem festinamus, con la que cierra el ciclo del Llibre Vermell, se escuchaban todavía a mediados del siglo XV en el convento de San Francisco en Morella (Castellón), de lo que da fe un fresco de la época en el que aparece claramente escrita la melodía de esta pieza. Otras, como Los set gotxs recomptarem, inauguran el género de los gozos marianos, al que pertenece la versión del Gaude, flori virginali incluida en un cantoral del siglo XV del convento de clarisas de Valencia (Biblioteca de Cataluña, M 1327). La orden, recordemos, fue una de las que surgieron a raíz del movimiento franciscano.

La devoción mariana de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León que en 1249 casó con Violante de Aragón, hija de Jaime I, es de sobras conocida. Fruto de ella son las Cantigas de Santa María, uno de los grandes hitos de la música medieval a la vez que uno de los productos culturales más significativos del siglo XIII. Concebidas a modo de particular homenaje del monarca a la Virgen, de quien se declara “seu trobador”, su finalidad no era otra que la de granjearse sus favores: “que me dé gualardon com’ ela dá aos que ama”, dice don Alfonso en el prólogo de las Cantigas. Organizadas en grupos de diez hasta completar un total de 427 composiciones, a una cantiga de loor o de alabanza a la Virgen le siguen regularmente otras nueve que narran sus milagros. Las historietas, de una deliciosa candidez, fueron versificadas en lengua gallego-portuguesa y puestas en música unas veces con melodía propia y otras, las más, siguiendo un elaborado proceso de adaptación. Las dos aquí seleccionadas, Ben pode Santa Maria (CSM 189) y En quantas guisas os seus acorrer (CSM 339),  se refieren la primera a un valenciano que tuvo que vérselas con un dragón cuando se dirigía en peregrinación al santuario de Santa María en Salas de los Infantes (Burgos), uno de los muchos que jalonan el Camino de Santiago y sus proximidades; la segunda a una nave que zarpó de Cartagena rumbo a Alicante, a la que le sorprendió una tempestad en alta mar. Ambas situaciones de peligro, resueltas de forma favorable gracias a la intervención milagrosa de la Virgen, no son sino un reflejo de las inquietudes y temores del hombre medieval elevados a categoría lírica por obra del rey Sabio.  

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Escultura de Alfonso x el Sabio a la entrada de la BNE

Entre aquellas Cantigas de Santa María que recurren al préstamo melódico tal vez la más célebre sea aquella que resulta de la adaptación de la melodía del Iudicii signum, una composición puesta en boca de la Sibila Eritrea que solía cantarse al final de la última lección de los Maitines de Nochebuena hasta que se suprimió a raíz de las reformas litúrgicas surgidas del Concilio de Trento. Ampliamente difundida por Europa occidental debido a su mensaje escatológico, su primera adaptación al romance corresponde a una de las Cantigas, Madre de Deus (CSM 422), que fue seguida un siglo más tarde por otras adaptaciones en lengua catalana y castellana. Conocidas popularmente como “Canto de la Sibila”, las versiones más tardías incorporan estrofas alusivas a la Virgen cuya intervención se implora en el Juicio final.  En este sentido cuentan con el precedente de un extraordinario sirventés del trovador Peire Cardenal, Un sirventes novel vueill comensar, en el que se refiere a las recriminaciones que piensa que Dios le hará en el día del Juicio. Escrito hacia 1232, Cardenal, del que cuenta su Vida que “molt fo onratz e grazitz” por el rey don Jaime, concluye con un ruego a la Virgen: “Per merce·us prec, donna sancta Maria,/ c’al vostre Fill mi fassas garantia”.  

 

Texto incluido en el disco Musica angelica publicado en la colección Patrimonio Musical Valenciano del IVM.