Cancionero Musical de Palacio

En 1504 fallecía en la localidad de Medina del Campo Isabel la Católica, a los cincuenta y tres años de edad. Reina de Castilla desde 1474, su matrimonio con don Fernando de Aragón, heredero de la corona aragonesa y de Navarra, permitió la unificación de los reinos cristianos de Granada, tras su reconquista a los moros en 1492. Otros dos sucesos de trascendental importancia ocurrieron aquel mismo año, uno de los más significativos para la Historia de España: el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, gracias al patrocinio de la Corona española, y la lamentable expulsión de los judíos del territorio nacional, tras el restablecimiento de la Inquisición.

Hechos históricos tan relevantes como los señalados invitan a querer imaginarse la vida de aquel entonces, lo cual es hasta cierto punto posible gracias a la documentación histórica, la literatura y el arte, que se conjugan a la perfección en el repertorio del denominado Cancionero Musical de Palacio, uno de los principales legados artísticos que han quedado de la época de los Reyes Católicos.

Dicho Cancionero, que se conserva en el Palacio Real de Madrid, es un manuscrito de reducidas dimensiones (190 x 140 mm) y aspecto poco cuidado, que recopila 458 canciones musicadas escritas en castellano, que datan sobre todo del último tercio del siglo XV y principios del siguiente. El índice del manuscrito las subdivide entres géneros, romances, villancicos y estrambotes, aunque también hay csautes, canciones y alguna que otra pieza de difícil clasificación. La mitad aproximada de las piezas que incluye el Cancionero son de autor conocido y el resto son anónimas. Entre los autores mejor representados destacan nombres como los de Gabriel Mena, Alonso, Francisco Millán, Pedro de Escobar y sobre todo el poeta y dramaturgo Juan del Encina (1468-1529/30), cuya producción musical es conocida gracias sobre todo a este Cancionero.

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Aunque Encina no estuvo nunca al servicio de los Reyes Católicos, tuvo que tener contactos con la corte puesto que dedicó algunas de sus obras a distintos miembros de la familia real, con quienes pudo entrar en relación gracias a su privilegiado empleo en casa de don Fadrique, segundo duque de Alba, entre 1492 y 1498. fue aquella su época de máxima actividad creadora a juzgar por su Cancionero, editado en 1496, que contiene una parte sustancial de su obra poética y dramática conocida. de los 60 poemas del Cancionero de Encina la mitad se conservan musicados en el de Palacio, que contiene hasta 62 composiciones suyas.

Bastaría con las canciones de Juan del Encina para hacernos cargo de las preferencias y preocupaciones de los círculos que frecuentó, gracias a su extraordinario talento artístico; no en vano se trata de la figura literaria y musical más representativa del primer Renacimiento español.

Piezas como el villancico Oy comamos y bebamos con el que concluye la égloga llamada de Antruejo, es un canto a los placeres de la vida puesto en boca de personajes rústicos, vistos con ojos complacidos. Encina retrata la forma de hacer y de expresarse de este tipo de personajes unas veces con el máximo realismo, como en la pieza señalada o en Daca, bailemos, carillo, un villancico pastoril dialogado que refleja el dolor de un rústico al que se le ha casado la novia, y otras de una forma idealizada, como en el brevísimo pero delicioso Ay triste, que vengo. En su poesía no faltan las alusiones sexuales, siempre más cerca de la pornografía que del erotismo, como en Pedro, i bien te quiero, villancico de temática pastoril cuyo lenguaje directo queda reflejado en la sencillez de la música, que emplea sólo siete acordes, y sobre todo en Si habrá en este baldrés, que cuenta una divertida anécdota protagonizada por tres féminas desinhibidas. Otra curiosa anécdota referida a un marido cornudo es la que se refiere en Fata la parte, una poesía bulesca italiana de la que Encina probablemente sólo compuso la música.

Frente a este tipo de poemas hay otros de Encina de un encendido lirismo, como Los sospiros no sosiegan, una de sus canciones musicalmente más elaboradas, o que tratan el tema del amor con los convencionalismos típicos de la época, como los villancicos Amor con fortuna y Si amor pone las escalas o Señora de hermosura, que es un tanto peculiar. Formalmente se trata de un romance, composición cuyo texto consta de varias estrofas que repiten siempre la misma música; pero el romance acostumbra a referirse a algún hecho bélico o algún acontecimiento, a diferencia de lo que aquí ocurre, por lo que lo más probable es que se trate de un viejo romance al que Encina le habría cambiado el texto y adaptado la música. De entre las piezas del género escritas por el artista destaca la referida a la rendición de Granada, Qu’es de ti, desconsolado, con su significativa alusión a la reina Isabel, “la más temida y amada”.

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Aunque Encina escribió sobre todo villancicos y romances, los dos géneros de moda en su época, el primero de carácter lírico y con estribillo y el segundo de carácter narrativo y sin él, en su producción figura algún que otro cosaute. Se trata de un género cultivado sobre todo en la segunda mitad del siglo XV del que el Cancionero Musical de Palacio recoge la mayoría de ejemplos musicales conocidos; es característico del mismo el dístico con refrán inicial, que se desarrolla mediante una ingeniosa repetición de los versos que sugiere la intervención de un solista y un coro. Entre los cosautes más antiguos del Cancionero figura Al alva venid, de sonoridades arcaicas, y entre los más jocosos Rodrigo Martínez, ambos de autor anónimo.

A diferencia de Encina, Gabriel Mena, bien representado en el Cancionero de Palacio, sí estuvo al servicio de los Reyes Católicos, ejerciendo de cantor en la capilla de don Fernando al menos entre 1496 y 1502. De estilo algo más elaborado que el de Encina, modelo musical de sencillez, su canción La bella malmaridada alude al tema de la malcasada, una realidad social en modo alguno exclusiva de España. Si Juan de León, cantor de la catedral de Málaga desde 1499, estuvo al servicio de la corte no se sabe, pero en todo caso su única canción conocida, Ay, que non se remediarme, es una de las más populares de dicho Cancionero, a juzgar por el número de fuentes que la transmiten. Tampoco consta la vinculación con la corte de otros autores suyos, como Pedro de Lagarto, capellán de la catedral de Toledo desde 1490 – de ahí su elogio a las damas toledanas en Callen todas las galanas, o el enigmático Alonso, cuyo villancico Tir’allá, que non quiero sugiere que se trata de uno de los compositores más viejos en él representados.

No importa a al generación a la que pertenezcan, todos los autores del Cancionero Musical de Palacio cantan a la vida desde sus más diversos ángulos, a los aconteceres más recientes e incluso a otros pasados ya envueltos en la leyenda -el anónimo Si d’amor pena sentís, por ejemplo, es un fragmento armonizado de un romance pseudocarolingio- componiendo un mapa único de sensaciones sonoras que nos acercan a un pasado vivido y sentido por un grupo de artistas reunidos en una antología cuyo propósito y destino se ignora. Acaso su recopilador, con enorme intuición, lo único que pretendió es dejar testimonio de su época a través de la poesía y la música, que si no es el único sí es el medio más sutil de comunicarse con las generaciones futuras.

Maricarmen Gómez


Texto incluido en el disco Cancionero de Palacio de Capella de Ministrers, disponible en Spotify